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Como la vieja que
soy las noches se han convertido en mi momento favorito para escribir. La mente
te jode cuando estás así de vieja, llegas a un punto en el cual pretendes
recordar todo, sólo eso, pretendes, porque ya perdiste la valentía y sólo te
queda la cobardía como modo de vida.
Las disculpas se
convierten en algo inadmisible porque quién crees que eres tú para que a esta
edad estés complaciendo a las personas que dañas. Sólo pides disculpas
generales a través de las cartas que escribes para un público ficticio que tal
vez te lea o no.
La vejez está
sobrestimada, uno no debería de lucir así de cansado, ¿para qué coño?
Se cansan los
dedos de contar las veces que dije que estaba cansada, las veces en las que
pedí besos a cambio de amor eterno. Me desechaban como basura, pero no
importaba, yo me sentía fuerte y valiente, de nuevo, valiente, que palabra tan
grande, que acción tan pequeña.
Mentí, engañé,
robé, me rogaron de rodillas, yo hice lo mismo, me echaron un terror en el
maldito corazón sin importar las consecuencias. Pero no importa eso se repara
en la soledad. Es mejor sentir dolor que nada ¿verdad?
Ahora con mi
bastón, camino con mi cabeza en alto, y veo hacia atrás todos esos años
desperdiciados, pero valieron la pena, alguien tuvo que aprender, yo lo sé.
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